En julio de 1989 recibió el premio Gabriela Mistral por su poemario Para instalarme en tu ternura. Dirigió La Broka, taller literario en la Universidad santiago de Cali y su revista de poesía y minicuentos. Ahora, en esta punta inicial del milenio, por insistencia de algunos amigos, se atreve a publicar este poemario sin pretensiones ajenas a la poesía.
Doménico Ruoppo (1946-2000)
LAS MIRADAS HACEN LUZ: UNA POÉTICA DESDE EL CUERPO
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Pocas veces la poesía colombiana habla desde el cuerpo, quizá habla del cuerpo, contra el cuerpo o hacia el cuerpo, pero con una intención que se toca en los extremes del péndulo: pretexto de bodegón u objeto de obscenidad. Por eso el lenguaje manifiesto en los dos casos se torna excesivamente cifrado o procaz.
El cuerpo ha tenido multiples censuras en esta sociedad que no deja de ser patnarcal, por eso se elude, se escamotea con devaneos que por lo general dejan ver las costuras. En el poemario de Edgar Ruales Ortiz la piel no resiste los velos, es castamente desnuda, cosmica y desnuda en los ojos y en las manos del poeta que resuelve su existencialismo en el imperio de la sensualidad:
"La caricia emerge en la desmesura de la ausencia''
"Y el cuerpo es mi planeta
mi planeta es la galaxia que camina”.
Poeta buceador del cuerpo, de sentidos profundos en esa zona limítrofe entre el poro y la palabra, entre el significante carnal y el significado sensual:
Su erotismo es ritual, casi ascético, aun en el momento del hara-kiri simbólico:
"no llames, buceo en otros sentidos
tratando de encontrarte".
"no llames, no estoy/ he partido hacia tu silencio".
Sumo sacerdote en la consumación de los cuerpos, el poeta se pasea en claroscuro por esas mi-radas que hacen luz. Por eso la palabra sale como las criaturas después de un aguacero: limpias y húmedas, con un silencio poderoso que huele a yerba recién cortada, a vientre inaugural, a racimo que se debate entre la provocación, el éxtasis y la fiesta callada.
Jorge Eliécer Ordonez-
EL SILENCIO DE LOS ESPEJOS. Santiago de Cali: FAID, 2003
PRESENTACIÓN
El testimonio humano, cuando habla, sumerge en el albur sus limitados sentidos, tan vivos a la luz, tan ambiguos al deseo. Pero hay una parte de ese albur donde habitan los olvidos; allí entran las memorias del cuerpo y hacen surgir imaginarios que toman nuevas rutas a través de las palabras.
Cada poema de este encuentro trata de condensar un espacio abierto a ser recreado una y otra vez, desde esa reiteración del deseo que se llama lectura. Porque es el otro, quien nos habita desde afuera, el que nos habla, el que nos escucha, y nos devuelve, sin saberlo siempre, la imagen de lo que somos.... en silencio, como los espejos.
El Autor |