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Poesía

Escribir es abrir nuevos espacios, llenar de objetos una página sea de papel o virtual. Toda escritura es un referente de sentidos. Entramos a un espacio creado, decidido como página por la escritura. Iniciamos su recorrido de la mano de nuestra búsqueda de posibles encuentros y contenidos, en diálogo o no con nuestros contenidos, ese otro referente que nos permite ser texto diverso, a veces extraño a las memorias de los cuerpos o los espacios que dialogan.

Todo espacio virtual tiene un objetivo común: mostrar algo, proponer intercambios, multiplicar los espejos -no sólo los análogos de las pantallas-, los espejos humanos, que siempre estuvieron desde que el

hombre es hombre, y sabe que está aquí, presente o ausente, porque otro hombre le  devuelve la imagen, a la vez  que en él puede mirarse. Homero y Borges lo supieron, desde sus imaginarios.

La práctica de las imágenes virtuales, o las presencias virtuales no son recientes, en los imaginarios de los primeros hombres ya funcionaban como tal. Las recientes son las tecnologías, pero lo que ellas permite circular como virtual ya se encontraba en las pinturas rupestres y en la caverna de Platón. Son funciones virtuales de nuestro cerebro el pensamiento y el lenguaje articulado.

A propósito, ¿las palabras se encuentran almacenadas en alguna parte?  ¿O son virtuales y aparecen cuando se las evoca?  ¿O se forman cuando irrumpen nuestro deseo de comunicación?


Tengo un espejo
por el que pasan lunas fugaces
no se sabe de dónde vienen
o hacia dónde van

Esta semana   entre lunes y sábado
he visto tres

Mi lugar es Jacaranda
casa y bosque que pinté

Allí sigue sucediendo el porvenir

Espacio verde y alto
define el clima de mi cuerpo
instrumento de la noche

Hoy descubrí que la lluvia no moja
si contigo un árbol teje sombra

Como las lunas de mi espejo
soy música fugaz
por donde transitan estrellas
en la noche y luz en Jacaranda

Edgar Ruales Ortiz
(Diciembre 20 2001, versión Diciembre 20 2006)
Jorge Ordóñez


 
Descargar // ANTOLOGÍA Edgar Ruales
 

PROSAS DE ANTON
Antón Selura

HUELLA EN CEMENTO FRESCO

Tocarte la cara, levantarte la falda, darte palmaditas y reír porque lo permitías con agrado.

Haberte besado, cuando nos besamos la primera vez con intensidad de huella en cemento fresco.

Los ensayos de juntarse entre pequeños fracasos,
reconciliaciones y peleas con palabras duras, pero frágiles.

La tropilla de poemas escritos con mis alas en vuelo, sobre supuestos imaginarios y la seguridad de un juego de Rayuela al escondido.

Los ritos de iniciación, sus primeros pasos. La inconclusa educación de mi cuerpo para el tuyo… del tuyo para el mío.

Crear varias entradas a nuestros cuerpos,-no sólo una o dos como se estila- nos permitió encuentros plenos.

Nuestro presente con hijos ligados a las memorias de otras historias, pero ajenos a nuestra liga.

Esas luchas por separarnos, y prescindir cada uno del otro... ¡Como si fuera tan fácil!

La última charla que tuvimos en el parquecito del pueblo, cuando se habló del reto de apropiarnos o separarnos.

Tu propuesta de luchar por lo que querías y mis preguntas desde otra parte, sin respuestas.

Tu niña sin un diente ensayando todos los columpios del parque...

Todo lo evoco junto, de frente sin culpas ni dudas, así como se vive la intensidad de un encuentro seguro en el espacio de dos cuerpos.

El tiempo no deja de pasar hacia los reencuentros.
No es lo mismo sumar olvidos que recrear sentimientos y palabras usando la misma tinta.   

Estoy seguro, siempre lo estuve, que mi voz no será distancia, ni mi hacer. También desde ti debes estarlo, puedes estarlo.
 
Tal vez nadie lo piense, ni siquiera lo cite como intención, pero no deja de inquietarme la posible subversión de las cenizas de nuestra separación, cuando decidan ser el ave fénix de aquel primer beso de huella en cemento fresco.

 (¿Quién y dónde hacen columpios?)  

Minicuentos

EN LA CALLE Z

Horacio, el poeta, usa tonos suaves, como sin premura, intermitentes entre silencios y ocultamientos. Algo se le queda sin decir, es la sensación. Pasa por algunas palabras, las acerca para acariciarlas o mostrarles su desprecio e inmediatamente las abandona. Algunas se quedan, las más tercas; otras reclaman, si las despertaron no se van a quedar así, iniciadas. Las más faranduleras y de baja auto-estima se alejan hacia los cruces de los semáforos a esperar los raperos que las mascan y las tiran a los carros por entre las ventanillas. Luego, cansadas por el uso y el abuso que hacen de ellas  vestidas de mendigas, rape, reguetón o vallenato, retornan con sonrisas y miradas tiernas, incomprensibles ante  la distancia inicial de Horacio, el poeta, que en las tardes siempre sale hacia el mirador que tienen las vocales en La calle z , por donde pasan palabras desnudas caminando coquetas,  insinuantes, dispuestas a entregarse a los buscadores de sentidos como Horacio, quien las abraza y  se las lleva hacia su próximo poema, ese lugar que todas anhelan.

EN LA NUBE

Desde tiempo atrás me di cuenta - ojalá no sea tarde- que vivo en una nube. Ayer, por un resbalón, estuve a punto de caer. La habilidad de mis reflejos evitó la caída. Como es de suponer, estoy debidamente entrenado para estas emergencias.  Hoy continúo en ella, pero algo me dice que ya es tiempo de lanzarme al vacío, a ver que pasa. Un nuevo hábitat podría mejorar mis rutas de viajero. Debo preparar mi caída, o mi salida o mi vuelo. Aún no sé cómo armarme de valor y de instrumentos para abandonar esta nube, cada día más dura y resistente. Desde que  no llueve, ella no sale del mismo recorrido: monótona va y viene.  

GAFAS EXTRAVIADAS

Siempre tuvo gafas. Por esos años las lentes con receta médica, casi todas, lucían de tamaño y grueso ortopédicos, las de Andrés no eran menos; enmarcaban ostensiblemente su cara huesuda hasta formar un triángulo invertido, sostenido por el vértice de su barbilla imberbe.
Siempre fui un poco mayor que Andrés, y ya me hubiera alcanzado sino hubiera decidido adelantar su segunda fecha. De todos modos pasamos por el mismo tiempo y, sobre todo, por su intención de convertirnos a la modernidad, sacándonos -así sólo fuera las mañanas de los sábados- de las rancheras y el cine mejicano, es decir, de nuestra cultura cine-musical de agua panela sin leche, mimetizada un poco, sobre todo en los muchachos de barriada, por los ritmos caribes de Cuba y Puerto Rico, con Celia, Daniel y a Sonora a la cabeza. Pero eran los de las ‘medias” quienes más consumían Andrés-manía. Su rostro, siempre mirando hacia adentro, pensaba en cine, escribía en cine, amaba en cine, rodaba en cine; era un rostro que se nos fue convirtiendo en el primer video de cultura-goce. El teatro San Femando nos vio llegar muchos sábados leyendo las cuartillas mimeografiadas con textos de Andrés orientando la inteligencia de la próxima película, guías confiables, proyectadas desde las gafas de Andrés, el que miraba hacia adentro. En ese entonces, la muerte quedaba lejos y no tenía futuro, eso lo supo Andrés con sus gafas de pre-texto, mientras nos hacia guiños desde el cine, la mano derecha de sus sueños.

El 21 de Septiembre de 2003 en uno de los recitales “Ámbito de luz” del Xl Festival Internacional de Arte de Cali, en Proartes, un hombre con a edad hipotética de mi padre se acercó a la mesa para hacer autografiar mis poemario, comprados y leídos por él, después de mi recital del viernes; le había gustado ni trabajo. Hasta aquella noche de poesía no lo traté. Alguien me dijo que, desde décadas atrás, había decidido recoger los pasos por donde pasara Andrés Caicedo Stella, el escritor caleño que siempre tendrá veinticinco años. Esta vez, le gustaron a Don Alberto mis poemas, y se tomo el trabajo de buscarme el lunes siguiente. Me encontró compartiendo mesa con los poetas Horacio Benavides y Jorge Eliécer Ordóñez, quienes leían esa noche. Yo estaba allí líricamente solidario, como ellos conmigo el pasado viernes.

El señor que pedía mi autógrafo, se sentó por unos minutos a nuestra mesa; Jorge Eliécer y yo nos dispusimos a compartir su pedido y sus palabras. Nos dijo algo acerca de sus ancestros payaneses, tal vez motivado por el sur de mi apellido. Muy amable, me invitó a su casa con dirección y teléfonos. Después de mi firma con dedicatoria en EL SILENCIO DE LOS ESPEJOS y LAS MIRADAS HACEN LUZ, mis poemarios, supimos que se trataba del padre de Andrés Caicedo Stella, don Carlos Alberto Caicedo. Me sorprendió la coincidencia, los recuerdos aproximan sentimientos, sueños, nostalgias… todo lo pueden acercar. Mucho de leyenda tiene Andrés entre nosotros, los caleños de su época.

Don Carlos Alberto, al ponerse de pie para retornar a su mesa, guardó en su bolsillo, sin darse cuenta, mis gafas confundidas con las suyas; tampoco nosotros lo percibimos. Antes de Freud se pensaba actos así eran variantes del azar, o descuidos decían los mayores. ¿Por qué las gafas de alguien que conoció a Andrés en tiempos del Cíne-club, con su cara triangular que miraba hacia adentro y, precisamente, en un recital de poemas y escritura? Tengo la suerte de no ser psicoanalista y de haber perdido en una guerra de olvidos al amigo experto en esas lides, pero no puedo dejar de pensar en los sentidos ocultos de este acto fallido de don Calos Alberto.

El martes, en el último recital del festival, una señora y su esposo andaban preguntando por el dueño de unas gafas extraviadas. El señor Caicedo, quien no pudo ir esa noche, había hecho el encargo de informamos que él tenía las “Cartier” de marco delgado, simuladoras de oro, livianas, pero formuladas.

 
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